Textos

 

El caso del arco engañoso

(publicado en El hALL, revista del Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja)

 

Bhubaneshwar, Orissa (India)

Torana (puerta) del Muktesvara Mandir. Siglo X

Arco

 

¿Está claro, no? Es un arco; tiene forma de arco. Pero… ¿seguro que es un arco? Fijémonos en el despiece. No es un arco, porque un arco debe trabajar como arco. Los edificios se construyen con piezas, y la forma de éstas debe ser la adecuada para su trabajo en el conjunto. Caso cerrado.
¿Seguro? Educados en la tradición constructiva occidental, lo percibimos como una aberración por no recurrir a la dovela, nuestra solución natural para esa forma concreta. Pero la tradición india no es constructiva: excava, talla, horada. Su edificio ideal es el monte Meru, morada de los dioses, y de él parte, creando una cueva artificial, restando material en lugar de añadirlo. Si no tiene oportunidad de hacerlo directamente, el monte es sustituido conceptualmente por un amontonamiento de piedras que se trabajará posteriormente. Estamos ante un muro mal aparejado sometido a una labra exquisita; y en la tensión de los dos pares “forma-sistema constructivo” y “refinamiento-brutalidad” reside, en mi opinión, el interés del asunto.

(Sirva la foto por otra parte para comprobar cómo la maldición del andamio ocultador persigue al turista también en India)

 

El petroglifo discreto

(publicado en El hALL, revista del Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja)

 

petroglifo

Valle del Colca. Cerca de Arequipa (Perú)

Civilización preincaica desconocida

 

El cañón del Colca pasa por ser el abismo más profundo del planeta: 3.500 metros separan el río del borde superior en alguno de sus tramos. Durante las cinco horas que dura el trayecto desde Arequipa los viajeros encontrarán manadas de vicuñas y guanacos, muy abundantes en la zona, y con suerte contemplarán el vuelo de algún cóndor solitario. La excursión puede que pase por la carretera que recorre a media ladera uno de los muchos valles de la zona. Habrá una parada, aparentemente para estirar las piernas, pero el guía llamará la atención sobre la ladera opuesta. Los campos se suceden escalonados, apurando al máximo el terreno cultivable, una de esas felices conjunciones de la actividad humana y el paisaje natural: el valle del Leza a la enésima potencia. ¿Surgirá la pregunta: quién realizó ese trabajo? El guía asegurará que cuando llegaron los incas ya estaba hecho. No olvidemos que ellos fueron el último eslabón de una larga cadena de culturas, y los waris o los collaguas, que los precedieron, pudieron ser sus autores.
Pero lo realmente sorprendente está en a pocos pasos de la parada. Una gran piedra, plana en su cara superior, tiene claramente grabada sobre su lomo una versión esquemática de los campos del otro lado; petroglifo y terrazas son de la misma época. ¿Qué sentido tiene esto? la explicación se nos escapa; el petroglifo, discreto, elude dar una respuesta. Podemos elaborar distintas suposiciones: la más atractiva sería que el grabado fuera anterior a la obra. En ese caso los viajeros estarían, ni más ni menos, que ante el ejemplar de proyecto más antiguo del mundo. Casi vemos al arquitecto grabando su plano – idea y dirigiendo desde ese atril la marcha de las obras. (evidentemente nos encantan las historias con protagonistas arquitectos). Pero con la misma facilidad podemos elaborar la suposición contraria; el petroglifo es posterior a la obra, y su autor un artista que elabora, del natural, un paisaje, quizás también el más antiguo conocido.
Si estos dos planteamientos básicos los entrecruzamos con motivos religiosos (una figura votiva, que traerá la prosperidad a las cosechas), económicos (un catastro) conmemorativos (el recuerdo para las generaciones futuras de quienes hicieron la obra), nos resultará un bonito ramillete de hipótesis, todas ellas indemostrables; lo único cierto es que existe una relación entre la piedra y la obra de la vertiente opuesta. Pero ¿cuál fue el modelo de cuál? El petroglifo sigue eludiendo la contestación, y los viajeros tendrán nuevas preocupaciones. Hay que continuar el viaje y enfrentarse a un collado de 4.800 metros, altura más que suficiente para que le de el soroche al más bragado.

 

 

Ruskin en la selva

(publicado en El hALL, revista del Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja)

Templo de Ta Phroom
Angkor (Camboya)

Angkor

 

Me había levantado a las cuatro de la mañana. Estaba, a oscuras, en pleno silencio y medio dormido, pensando si compensaría el madrugón. Y vaya si compensó; una luz sutilísima comenzó a iluminar la escena, mientras la banda sonora reproducía el canto de un ¿insecto? inidentificable. Al solista se fue sumando toda el arca de Noé, hasta formar un estruendo tremendo que saludaba a un nuevo amanecer. Veía ya lo suficiente como para darme cuenta de la extraordinaria amalgama de naturaleza y arquitectura que me rodeaba, un caos formado por gigantescos muros y árboles que se abrían paso a través de ellos. Estaba en medio del templo de Ta Phroom, la pesadilla de un patólogo de la construcción y una de las imágenes más fascinantes que recuerdo de edificio alguno, aunque fuera un edificio derrotado y casi engullido por la selva.
La civilización khmer surgió en el siglo IX, y la habilidad constructora de sus reyes fue prodigiosa. Los grandes embalses que irrigaban sus campos de arroz, las ciudades y los edificios formaban parte de un sistema perfectamente integrado (ordenación de territorio, urbanismo y arquitectura). La arquitectura era una actividad sagrada, llena de simbolismos y contenidos cosmogónicos. A la potente influencia india se sumaron pequeños detalles de la china, dando como resultado una expresión peculiar de la serenidad y el orden, basados en la utilización del doble eje de simetría y la repetición del mismo tema a diferentes escalas, desde la torre hasta el pequeño adorno de una cornisa. A partir del siglo XV, fecha de la decadencia khmer, la naturaleza recuperó sus antiguos terrenos. Quedó a salvo el gran templo de Angkor Vat al mantener su actividad como monasterio budista. El resto, cientos de edificios, ofrecerían un aspecto parecido al templo de Ta Phroom, donde me encontraba. Así los conocieron los viajeros portugueses, españoles y franceses que por allí pasaron del XVI al XVIII. Pero es a partir del XIX cuando, gracias a los grabados de Louis Delaporte, una Europa deseosa de exotismo se maravilla ante las imágenes de cabezas gigantescas surgiendo entre las lianas.
La administración francesa emprendió la tarea de restauración de los templos a partir de 1931. Construidos sin argamasa, la vegetación había conseguido convertir los sillares en piezas de un gigantesco rompecabezas que era preciso descifrar y reconstruir desde los cimientos. La tarea no ha concluido ni mucho menos, y la selva envuelve todavía la mayor parte de las construcciones khmer, hoy por hoy inaccesibles. En los trabajos actualmente en curso se aprecia la laboriosidad de la tarea, empleando rodillos de madera para el desplazamiento de los pilares, como se aprecia en la imagen adjunta.
Pero las autoridades arqueológicas decidieron que un templo se “salvaría” de la restauración, y se ofrecería a los visitantes con el mismo aspecto que tenía cuando se encontró, sin interrumpir la labor de deglución por parte de la selva, aunque la desaparición total fuera el destino final del templo. Excuso decir que la visita al Ta Phroom desde el punto de vista didáctico es un muy apreciable complemento a la de los templos reconstruidos. Pero también es la más emocionante, la que más directamente impresiona nuestros sentidos. La decisión parece acertada, pero en este caso era relativamente fácil; el sacrificio de un templo cuando se dispone de muchos. ¿Qué pasaría si se dispusiera de un solo monumento? ¿Sobreviviría Ruskin en la selva?

 

Un día de viaje en la India

Puri (Orissa)

24 de 0ctubre. Jueves

 

Mi hotel está junto a la playa. Me acosté anoche con la idea de asistir a uno de esos amaneceres espectaculares del Índico y andar un par de kilómetros por la playa, hasta una aldea de pescadores, para verlos hacerse a la mar. Pero cuando me despierto algo de luz entra ya por la ventana, acompañada por lo que parece un guirigay de gaviotas. He calculado mal la hora; nada de amaneceres, por tanto; me consuelo pensando que quizás llegaría a tiempo a la partida de los pescadores, y salgo sin desayunar con la cámara al hombro.

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El oleaje es fuerte, aunque rompe lejos, en una barrera rocosa paralela a la costa. Las olas llegan mansas a la orilla, extendiéndose con rapidez y haciendo brillar la arena. Es agradable caminar por la frontera entre agua y tierra, evitando los lametones de alguna ola más fuerte y juguetona que las demás. La uniformidad de la luz y lo elemental de paisaje consiguen un efecto unitario en el que cielo, agua y arena forman un fondo donde el más mínimo elemento destaca. Es el caso de un cadáver de tortuga que las olas, embestida a embestida, acabarán depositando en la playa. De momento va y viene, casi parece que se posa y retrocede de nuevo, a la espera de un envite más fuerte. Un cuervo, desmarcado de su bandada, está posado en la arena, esperando que la mercancía atraque. Quizás no quiera compartir el festín con su parentela, y necesite actuar con rapidez antes de que lo localicen, por lo que emprende breves vuelos e intenta posarse sobre su presa mientras todavía navega, pero su movimiento lo impide. Tendrá que esperar, creo.

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Yo sigo mi camino, y ya se distinguen las grandes barcas alineadas en la playa, justo en el talud que separa la zona seca de la sujeta a la marea. Por lo visto el mar está bravo y la mayoría ha tenido que quedarse en tierra. Sólo alguna se ha arriesgado a salir, y sus velas se ven a lo lejos. Voy encontrando, dispersos en el talud, hoyos con los restos de pequeñas ofrendas a los dioses realizadas la víspera; una fruta, una varita de incienso, algo de colorante, papel de plata… en algún caso el agua los ha alcanzado, quedando sólo la blanda huella de la cavidad. Llego a las primeras embarcaciones, ordenadas en paralelo, con las proas hacia el mar. La orilla se convierte en impracticable; aunque el talud y las barcas me impiden verla, la aldea está justo detrás, y la lógica simple que organiza la vida de sus habitantes destina a letrinas a ese espacio situado entre las barcas y las olas, ya que disfruta de un sistema natural de limpieza. Todo lo que se deposita en la orilla se lo llevará el mar, y eso vale para las ofrendas a los dioses y para necesidades más prosaicas. Varias personas en cuclillas lo corroboran, al cumplir con sus ritos matinales con la mirada fija en el horizonte.

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Subo por la breve cuesta con la mirada atenta al suelo, y paso la barrera de las barcas. La nueva perspectiva me permite ver, en segundo término, un enorme conjunto de cabañas, con el techo de hojas de palma. Denominar aldea a una población de unos diez mil habitantes parecería una broma, si no fuera porque sus precarias condiciones de vida son las de una comunidad pequeña. El primer término lo ocupan pescadores que, sentados en el suelo, remiendan sus redes. Aprovechan la forzosa estancia en tierra, aunque algunos no se resignan y bajan a hombros pequeñas barcas, cuatro troncos que deberán superar la barrera del oleaje si quieren faenar. Los niños corretean buscando novedades, y no tardan en descubrir al turista infiltrado.

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Se hace hora de regresar; dentro de poco tiempo hay que salir hacia Konarak, donde nos espera el Templo del Sol. Por cierto, éste se ha abierto paso entre las nubes. Según me alejo de la aldea veo cómo algunas familias han abandonado los hoteles y van ocupando la orilla. Un carrito de helados madrugador ya ofrece su mercancía. Mujeres con el sari puesto y cogidas de la mano se adentran entre risas en el mar, no arriesgándose más allá de la cintura. Estas aguas tienen fama de traicioneras, con fuertes resacas, y los hoteles ofrecen entre sus servicios bañistas experimentados para proteger a su clientela. Nada de musculosos salvavidas californianos; se trata de antiguos pescadores de la aldea, vestidos con un breve dhoti y cubiertos por un curioso gorrito cónico de paja, con el nombre del hotel escrito a mano.

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Si algún cliente, por supuesto varón, quiere adentrarse algo más que la estricta orilla, uno de estos bañeros le acompañará sin perderlo de vista en ningún momento. Son extrañas parejas las formadas por el (frecuentemente) rollizo turista bengalí y el (siempre) delgado nativo encargado de su custodia.

Alcanzo el punto donde dejé al cuervo y a su presa. Ahí siguen los dos. El ave, saciada, mira fijamente a la tortuga, que ha alcanzado, por fin, su destino y reposa en la orilla. Su cabeza ha quedado reducida al cráneo pelado, y las órbitas vacías forman un remedo de mirada interrogante. ¿Era aquélla la isla donde debía desovar, o había confundido su ruta? Me viene a la memoria que, en la tradición hindú, la base que sostiene el mundo es una gigantesca tortuga. Recuerdo también el papel de personaje práctico y sin escrúpulos que desempeña el cuervo en la nuestra; un sistema de valores frente otro. Este despojo y su comensal me traen a la cabeza extrañas asociaciones, pero acelero el paso; debo incorporarme al grupo y siento que el estómago reclama su desayuno.

Para llegar a Konarak hay que seguir hacia el norte. El templo ofrece su aparición espectacular tras un recorrido plano y aburrido por la carretera de la costa. Cuesta pensar que esta inmensa mole ha estado enterrada durante siglos bajo una duna, pero en este país de excesos todo es posible. El templo simula el carro del Sol, provisto de venticuatro ruedas gigantescas. La arena ha preservado las exquisitas filigranas de las ruedas y de los relieves que recubren todo el edificio. Una multitud de visitantes nos desparramamos por el conjunto para admirarlas, pero el lugar está muerto para el culto, en un país de templos rabiosamente vivos. Como Khajuraho, se trata de un cuidado parque arqueológico con sus limpias piedras al gusto occidental, muy diferente a la policromía fallera de los templos vivos. Aquí también los relieves más visitados son los de tema erótico; los turistas, tanto los locales como los escasos occidentales, nos encontramos algo azorados ante esta exhibición de combinatoria sexual, y adoptamos poses de fingida indiferencia.

De vuelta a Puri y tras comer algo en el hotel nos dirigimos al centro de la ciudad, al encuentro del gran templo de Jagannath. La calle que nos acerca a él es desmesuradamente ancha, lo que sorprende en un país de callejuelas. La explicación es sencilla; estoy en el escenario del Festival de los Carruajes, que atraerá durante tres días a millones de fieles para acompañar al dios en su recorrido desde el templo hasta su residencia de verano. Gigantescos carros, engalanados para la ocasión, portan a Jagannath y a sus hermanos; tiran de ellos miles de devotos, que necesitan unas ocho horas para cubrir dos kilómetros. Puedo imaginar a la multitud apiñada contra ellos, lanzando pujas a la deidad, que se balancea majestuosa en lo alto de su vehículo… Pienso, hereje de mí, que no será muy diferente al Rocío. Eso sí, aquí los más devotos se tiraban hasta hace pocos años bajo las ruedas para ser dulcemente aplastados, extremo al que no se ha llegado en las marismas del Guadalquivir.

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El festival no se celebrará hasta el próximo agosto, por lo que la calle acoge hoy al peregrinaje normal, ya de por sí abundante; poblados completos se desplazan hasta aquí, confluyendo en la entrada del templo. La entrada está vedada a los no hinduistas, por lo que el viajero occidental se debe conformar con acceder a las terrazas de la biblioteca colindante, en ese momento inactiva (y con aspecto de estarlo permanentemente). No se divisa desde allí gran cosa del interior del templo, pero al menos se está a salvo de la multitud y hay una buena vista de la entrada, con el constante trajinar de devotos y sacerdotes que llevan ofrendas, se purifican en la fuente o traen comida (dicen que las cocinas del templo preparan alimentos sagrados para más de 10.000 personas al día). Parte de las construcciones están envueltas en andamios, sometiéndose a la eliminación de capas y capas de pintura por indicación de las autoridades arqueológicas. Nuestros ojos occidentales agradecen la exfoliación, y nos parece que se recupera la belleza original del conjunto; pero ¿la piedra desnuda es realmente el aspecto original? ¿Lo fue en los templos griegos? ¿Soportaríamos el Partenón con sus colores originales? Demasiadas preguntas; hay que preparar la cámara pues un par de brahmanes se asoman a una terraza y varios monos se aproximan a ellos por si cae algo de comida.

Cae el sol con la rapidez propia del trópico y decidimos acercarnos a Marina Parade, la zona más animada de la playa. A esta hora la arena se va llenando de puestos de venta, que ponen en marcha sus ruidosos generadores o encienden sus lámparas de queroseno, organizando en poco tiempo un auténtico barrio comercial. Puri puede ser una ciudad santa, pero también un centro turístico de primer orden, y muchos de sus visitantes son bengalís de clase media que se ajustan a los usos del turista universal. Rebuscan entre los puestos, hasta encontrar ese recuerdo que avalará su estancia ante los amigos de Calcuta. Una larga calle bordea la playa, a modo de paseo marítimo, y hoteles y tiendas ocupan el lado opuesto. En un hueco entre edificios está el descampado destinado a las cremaciones. Puede pasar desapercibido, pues la parte más próxima a la calle la ocupa un centro de transformación, pero detrás se ven llamas y se aprecia ese olor acre cuyo recuerdo se quedó grabado en la pituitaria tras la visita de Benarés.

Me dejo llevar por el morbo del grupo, y nos acercamos. Para hacerlo hay que avanzar a oscuras, campo a través, atravesado la instalación eléctrica que, como no podía ser de otra manera, está meticulosamente desprovista de cualquier elemento de seguridad. El curioso descuidado puede recibir una buena dosis de cremación instantánea, versión puesta al día de lo que sucede un poco más allí. Nada más llegar a la ceremonia me arrepiento de haberme dejado llevar. Si en Benarés el entorno monumental aporta cierta grandeza, aquí el ambiente es sórdido, casi insoportable. La leña es cara, y la familia no ha conseguido reunir la suficiente para lograr la combustión completa; se desprenden partes del cadáver que los deudos recolocan rápidamente; hay perros cerca, esperando un descuido.

De vuelta al paseo trato de olvidar las últimas escenas entrando en los comercios fijos, que compiten con los tenderetes de la playa mediante el despliegue de rabiosa iluminación. El inconveniente es que, además de potenciales clientes, atrae hordas de insectos de todos los tamaños que harían las delicias de un entomólogo. Un vendedor de saris ha instalado un artefacto que achicharra con una descarga eléctrica a cualquier bicho que se le acerca, terminando su existencia con un crepitar de élitros fritos. ¿No quería yo olvidar el solar de las cremaciones? Ya veremos con qué sueño esta noche.

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